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Era el bosque de los amantes infinitos, de cuantos, aun después de la muerte, sienten el desbordamiento, el cauce vivo de la pasión. Allí estaban ocultos, envueltos en el vaho cómplice del bosque, y se abrazaban, y se acariciaban como si fueran cuerpo, sensualidad de piel; y no eran nada, ni aun polvo, ni siquiera sombra.

Rafael Pérez Estrada.
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PROPUESTA

El poema debe ser cristalográfico. Depender en todo de ocultas reglas de armonía, cuyo conocimiento le está vedado al propio creador. Su validez, es decir, su utilidad estética, deberá comprobarse con luz negra. Todo poema brilla en la oscuridad y la ilumina. También hay poemas que nos sorprenden con sus vuelos, de tal manera que, aun conscientes de haberlos conocido, somos incapaces de describir su misterio.
Lejanamente comparable a la arquitectura del agua.
La mano no ha de llegar al poema.
Sólo el ciego podrá describirnos este atardecer.
Escribir o levitar.

Rafael Pérez Estrada.
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Escribir es el destino del hombre (el silencio, su cómplice), y ahora tengo miedo de dejar de escribir. Es la pasión la que nos sostiene. Cada astro es una letra componiendo un verbo difícil. Morir quizá sea escribir la palabra muerte.

Rafael Pérez Estrada.
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