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Eran ladrones de oscuridad. Estos individuos trabajaban en chimeneas y cuevas, recogiendo ávidos cuantas sombras y tinieblas hallaban; y eran tan emprendedores que no cesaban en su labor hasta haber dotado de claridad a todo lo oscuro.
Curiosamente, los especilistas en sombras prefieren aquellas que nacen en los lugares donde habita el eco.

Rafael Pérez Estrada.
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Una amiga muy querida, que sigue defendiendo el uso del sombrero y la pamela adornada de pájaros (una fijación primaveral), en la discreción de un café modernista me ha comentado: "Ahora, cuando viajo, y viajo mucho, suelo encontrarme con personas que me fueron queridas y murieron hace tiempo. Son muertos que han cambido simplemente de geografía. Sometidos a una desmemoria absoluta, han adquirido nuevos afectos y nuevos hábitos al vivir en ciudades que antes les fueron desconocidas. Sin embargo, cuando me ven, aún se emocionan, aunque de manera inexplicable para ellos. Incluso con algunos he reanudado una amistad de la que no tienen conciencia. Quizás ésta sea la causa -insistió- de que ahora viaje demasiado". Entonces, me atreví a preguntarle: "¿Y yo, pertenezco a la vieja ciudad de los muertos de siempre, o soy sólo un nuevo conocido?".

Rafael Pérez Estrada.
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Una mañana de 1915 el aviador francés Valery Girand, con su biplano y un complicado sistema de fumigación, consiguió teñir de colores las nubes que hacían fondo a la campiña del Loira, y todo en homenaje a una muchacha alsaciana.

Rafael Pérez Estrada.
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